La COVID-19 ha afectado al mundo entero poniendo en peligro todas las dimensiones de nuestro bienestar y generando una aguda sensación de temor en todo el planeta. Es fácil entender por qué la COVID-19 ha hecho que la población se sienta más insegura. Sin embargo, sus temores ya se estaban gestando antes de la pandemia. Pese a que el mundo estaba alcanzando niveles sin precedentes en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), se calcula que seis de cada siete personas en todo el planeta se sentían inseguras durante los años previos a la pandemia. Este sentimiento de inseguridad no solo era elevado, sino que en la mayoría de los países con datos disponibles había ido en aumento, incluido un considerable incremento en algunos de los que presentaban los valores más elevados en el IDH.
Por primera vez, los indicadores del desarrollo humano han disminuido, y lo han hecho de manera drástica. En 2021, incluso con la disponibilidad de las vacunas contra la COVID-19 (aunque distribuidas de forma muy desigual), la recuperación económica que había comenzado en muchos países y el regreso parcial a las escuelas, la crisis se profundizó en el ámbito sanitario, con una caída en la esperanza de vida al nacer. El IDH, ajustado por la COVID-19, aún tiene que recuperar unos cinco años de progreso, con arreglo a nuestros nuevos modelos de simulación (figura 2).
Es fácil entender por qué la COVID-19 ha hecho que la población se sienta más insegura. Sin embargo, ¿cómo se explica la sorprendente discrepancia entre las mejoras logradas en el bienestar y el deterioro de la percepción de seguridad? Precisamente a esta pregunta pretende responder este Informe. Al abordarla, esperamos evitar volver a trayectorias del desarrollo humano con inseguridad humana.
Parte I